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Alex DeLarge

No, no, no. Alex no es un mal tipo. Le encantan los vasos de leche fresca, por las mañanas o por las tardes, y sin nada que mancille su color blanco impecable. Escucha además a Beethoven, Ludwig van, preferentemente la Novena Sinfonía, que es la inspiración pura. La que hace a uno perder los sentidos. A Alex le gusta vestir de blanco inmaculado también, y llevar un sombrero de copa elegante, de esos con forma de cilindro. Mira por debajo de unas pestañas encantadoras, Alex DeLarge, y tiene siempre una sonrisa en los labios.

Si no fuera por lo de los sentidos. En pleno éxtasis puede ocurrir que Alex pierda un poco los papeles, y se le pase un poco la mano con la energía. Y que pegue a un anciano o robe a un vagabundo o sodomice a una artista o acuchille a un colega o asesine a una mujer sola en su casa por la noche y con un falo gigante y de plástico. O que, simplemente, se tire él mismo por la ventana, de una altura que por poco ni la cuenta.

Sensibilidad y energía destructiva, ésas son las dos caras de Alex DeLarge. Nada más. Aunque hay otros que tienen otra teoría en esta sociedad, que no lo entiende - tal y como cuenta Stanley Kubrick en La naranja mecánica -: sólo quieren que funcione como un reloj, perfecto y mecánico, y desalmado. Un reloj, pero sin el alma del pobre Alex, que no es un mal tipo. Seguro que no. ¿O sí?





A Clockwork Orange

Vito Corleone

The Godfather

Su voz desgastada no se destempla nunca, pero a Don Corleone le temen y le veneran todos. Sus propios matones y todos los italoamericanos de los barrios de inmigrantes en Nueva York, que lo buscan para suplicar su ayuda cuando las instituciones más robustas e inútiles de América los han entregado a la arbitrariedad de las calles. Vito Corleone es una persona ecuánime, pero su hablar pausado y fatídico revela de antemano que tiene todo el poder, la fuerza y la decisión necesarios para hacer que se cumpla su voluntad, allí donde a él se le antoja.

Más que en América - sugiere Francis Ford Coppola al comenzar esta historia -, Vito Corleone cree ante todo en la familia, y después en la mafia y los balazos que aseguren el buen augurio de aquélla. Solo él, un muchacho desharrapado que llegó en un barco huyendo de la mafia siciliana, tuvo que abrirse paso a cuchillazos desde abajo. Su familia no tendrá que pasar apuros, ni vejaciones. Don Corleone, el Padrino de la mafia italoamericana, estira su mano protectora sobre ellos.

Por eso Vito Corleone llora cuando Michael, su hijo más brillante y dócil, tiene que matar también para defender a su familia, al mismo Vito herido en la cama. Y se derrumba del todo cuando su primer hijo es acribillado a balazos porque otros gángster se han atrevido a desafiar al Padrino.

También Michael llorará después como un Padrino viejo y venerado, porque él tampoco pudo proteger a su hija de las balas. A los Corleone, los mafiosos más formidables de América, todo su poder no les sirve para proteger a su familia del sufrimiento.