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La balada de Mack el Cuchillo


En Londres, a comienzos de siglo:

Sí, los tiburones tienen dientes muy blancos, cariño; dientes de verdad, muy relucientes y afilados. Y los muestran, los muestran siempre, tan brillantes y malos. Aquél, Mack The Knife, o Mackie Messer, solía asolar las calles de Londres, él solito, ese tal Mack. Las esquinas oscuras, los domingos azules, la playa y las riberas solitarias del río. Un cuchillo llevaba el tal Mack, y lo escondía, lo escondía siempre, para tenerlo fuera de vista.

¡Desapareció Schmul Meier! Y a Jenny Towler, con un cuchillo clavado en el pecho la encontraron. Y a una viuda pequeña, muy joven, y después un gran fuego en Soho, siete niños muertos y un anciano gris. Un saco de cemento echó Mack al río, con mucho peso, ya sabes tú para qué, que no debe volver a flote. Todos gente de dinero y sin nada en los bolsillos, pero que no le pregunten a Mack, porque nada sabe él. En Londres, donde algunos están en la oscuridad, y otros están en la luz. Pero sólo se ve a los que están en la luz, a los del lado oscuro, a ésos no se les ve.

Louis Armstrong y la balada de Mack el Cuchillo (y ojo a los dientes de Louis...) O el Mackie Messer de Bertolt Brecht y Kurt Weill. En Londres, un tal Mack a comienzos de siglo...





Mack The Knife by Louis Armstrong

Vito Corleone

The Godfather

Su voz desgastada no se destempla nunca, pero a Don Corleone le temen y le veneran todos. Sus propios matones y todos los italoamericanos de los barrios de inmigrantes en Nueva York, que lo buscan para suplicar su ayuda cuando las instituciones más robustas e inútiles de América los han entregado a la arbitrariedad de las calles. Vito Corleone es una persona ecuánime, pero su hablar pausado y fatídico revela de antemano que tiene todo el poder, la fuerza y la decisión necesarios para hacer que se cumpla su voluntad, allí donde a él se le antoja.

Más que en América - sugiere Francis Ford Coppola al comenzar esta historia -, Vito Corleone cree ante todo en la familia, y después en la mafia y los balazos que aseguren el buen augurio de aquélla. Solo él, un muchacho desharrapado que llegó en un barco huyendo de la mafia siciliana, tuvo que abrirse paso a cuchillazos desde abajo. Su familia no tendrá que pasar apuros, ni vejaciones. Don Corleone, el Padrino de la mafia italoamericana, estira su mano protectora sobre ellos.

Por eso Vito Corleone llora cuando Michael, su hijo más brillante y dócil, tiene que matar también para defender a su familia, al mismo Vito herido en la cama. Y se derrumba del todo cuando su primer hijo es acribillado a balazos porque otros gángster se han atrevido a desafiar al Padrino.

También Michael llorará después como un Padrino viejo y venerado, porque él tampoco pudo proteger a su hija de las balas. A los Corleone, los mafiosos más formidables de América, todo su poder no les sirve para proteger a su familia del sufrimiento.

Holly Golightly

Truman Capote

Holly Golightly no es una niña, pero aún le falta algo para ser mujer. Tiene la nariz respingada y los labios abultados, y el vértigo grabado en su figura delgada y excéntrica, y en la algarabía de colores de su pelo corto. No se detiene a pensar o reflexionar; sólo hace, actúa; y viaja. Le gusta matar las horas vacías en la joyería Tiffany’s de la Fifth Avenue en Nueva York – dice Truman Capote –, donde nada malo puede tener lugar.
Holly no se llama en realidad Holly, pero eso no importa tanto, porque no tiene de ninguna manera tiempo para detenerse a explicarlo todo. Sus vecinos se enamoran de ella, los viejos y hasta el más joven, aunque todos de manera platónica. El marido que tuvo en la otra vida la sigue llamando Lumanae y la quiere aún en el rellano de la escalera, cuando Holly le explica – no: le muestra – que no volverá a su casa de viudo viejo, con los zarzales y con sus niños adultos.
Aparenta alguna edad entre los 16 y los 30, y son en realidad casi los 19 que hacen sonrojarse aun a los meses que pasan. Frecuenta a los ricos más ricos y estúpidos de Nueva York, sin cohibirse ni sonrojarse. El tipo con el que se iba a casar la abandona, no sola, sino con su barriga, y le quiere, aun cuando la barriga vuelve a ser solo barriga y ella ya no será madre soltera; el jefe de la mafia la utiliza para enviar mensajes desde la cárcel, y le quiere, a pesar de los juicios, las comparecencias y la huida.
Entrañable y escurridiza, Holly viaja. En una estatuilla tallada en madera en algún lugar de África y examinada por sus vecinos en Nueva York sus labios parecen aún más gruesos, y las gentes de las tribus que visitan se preguntan qué hace una chica de entre 16 y 30 años viajando sola con dos hombres. Pero a Holly eso no le importa. No se detiene a pensarlo; sólo hace. Holly Golightly sigue viajando.