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Florentino desafía al tiempo

Florentino Ariza no es un hombre de medias tintas. Creció en el Caribe colombiano, en épocas cuando el cólera causaba estragos en todos los pueblos tórridos de la región, y aprendió muy rápido a cultivar una voluntad férrea, que no se doblegara a ningún capricho del destino. Su apariencia frágil no lo delataba a primera vista, pero Florentino Ariza podía aguantar sin inmutarse el calor despiadado que desprende el vaho de los piélagos al mediodía y derrite la grava hirviente de la calles, capaz de derrumbar aún a los mulatos más curtidos de las azucareras, así como el transcurso de los años que se interponían entre él y su felicidad final.
Florentina Ariza conoció a Fermina Daza muy joven, y apenas la vio avanzar entre los ramos de flores blancas y los puestos con olor a fritanga del mercadillo en Cartagena de Indias, supo que era la mujer de su vida. Seguro urdió en su mente algunas palabras para sí mismo, no como un lamento gélido, sino con una terquedad inaudita y exenta de dudas:

- Te amaré por siempre.

Fermina Daza lo quiso un momento para después olvidarlo, se casó y tuvo hijos, lo odió a la vejez, de viuda, pero Florentino Ariza no se olvidó nunca de su promesa. Se empecinó en desafiar cualquier ley de vida, cualquier razón que le dijera que todo amor es efímero, y jamás eterno. Y también deja claro – como resume García Márquez su dimensión sobrehumana – lo que durarán sus ilusiones, sus sueños, su amor inverosímil y febril como las noches más calurosas e insomnes de la canícula caribeña: toda la vida.

El Jaguar


El libro de Vargas Llosa, en la película de Lombardi (1986)

Jaguar, Jaguarcito. Todos le tienen miedo al Jaguar, porque creció en un barrio del puerto del Callao y sabe trompearse mejor que nadie. Si te atreves a meterte con él, seguro que te muele a cabezazos y te planta los pies en la cara las veces que quiera, sí, cuando se le antoje y por más que te defiendas, que subas las manos y te cubras con lo que quieras, porque el Jaguar aprendió a pelear en la calle, como los hombres de verdad, sin amilanarse ante ninguno, por más que los otros se hubieran peleado mil veces más que él, con navajas o con lo que les pareciera.

El Jaguar es un tipo especial. Es alto y rubio, y no le tiene miedo a nadie, ni siquiera a los oficiales del colegio militar. Es agilísimo, una flecha, por eso todos le llamamos el Jaguar. Dicen por ahí que aprendió a valerse con sus propias manos en la vida de verdad, metiéndose a robar en las casas de los ricos. Y dicen que se atreve a robarles los exámenes a los mismos profesores, para vendérselos a los demás alumnos, y que organizó a la banda para masacrar a los pobres idiotas que se atrevieron a intentar pegarle cuando era un cadete nuevo. Si hablas con él mejor que sea con cuidado, para no ponerlo de mal humor. Y con mucho respeto, Jaguar, Jaguarcito, porque a ti no te gana nadie.

Al Jaguar – describe Vargas Llosa el microcosmos peruano – todos le tienen miedo. Le tenemos miedo, aunque no sea nada ni llegue a ser nadie jamás aquí ni en ningún sitio, porque es el más bravo de todos. Porque eso es lo único que aquí cuenta.

La Maga


En realidad, todavía sigo buscando a la Maga. La Maga, de translúcida piel y greñas maravillosas, con la que me topaba siempre en algún puente de París. La Maga, de pie delante de una vitrina, embelesada viendo yo que sé qué. La Maga rondando por las calles luminosas de los atardeceres y de las noches parisinas, riéndose de la nada, ensimismada en lo más insignificante de lo insignificante - en la puta babia -, o hundiendo un paraguas viejo y roñoso en las costillas de los viajeros más repelentes de cualquier metro o cualquier autobús que uno toma a cualquier hora en cualquier parte de esta bendita ciudad. La Maga, cuidando al bebé Rocamadour, en una chambre minúscula y abuhardillada en una aún más minúscula y oscura ruelle parisienne, très chic a pesar de todo.

Pero no estoy seguro de que la Maga sea la misma de siempre, y - cuenta el grandullón de Julio, que la rastreó por París y por todo el Cono Sur - ahora se habrá perdido en una calle de Montevideo. O de Buenos Aires. Y andará haciendo quién sabe qué, dando brincos del infierno al cielo o del cielo al infierno sobre la rayuela, o mirando a un mono disecado en otra vitrina. Aunque, en realidad, no sé si esa Maga siga siendo la misma que soñé mañana. La Maga en París, o donde bien le parezca.

Quién sabe dónde estará la Maga.