Florentino Ariza no es un hombre de medias tintas. Creció en el Caribe colombiano, en épocas cuando el cólera causaba estragos en todos los pueblos tórridos de la región, y aprendió muy rápido a cultivar una voluntad férrea, que no se doblegara a ningún capricho del destino. Su apariencia frágil no lo delataba a primera vista, pero Florentino Ariza podía aguantar sin inmutarse el calor despiadado que desprende el vaho de los piélagos al mediodía y derrite la grava hirviente de la calles, capaz de derrumbar aún a los mulatos más curtidos de las azucareras, así como el transcurso de los años que se interponían entre él y su felicidad final.Florentina Ariza conoció a Fermina Daza muy joven, y apenas la vio avanzar entre los ramos de flores blancas y los puestos con olor a fritanga del mercadillo en Cartagena de Indias, supo que era la mujer de su vida. Seguro urdió en su mente algunas palabras para sí mismo, no como un lamento gélido, sino con una terquedad inaudita y exenta de dudas:
- Te amaré por siempre.
Fermina Daza lo quiso un momento para después olvidarlo, se casó y tuvo hijos, lo odió a la vejez, de viuda, pero Florentino Ariza no se olvidó nunca de su promesa. Se empecinó en desafiar cualquier ley de vida, cualquier razón que le dijera que todo amor es efímero, y jamás eterno. Y también deja claro – como resume García Márquez su dimensión sobrehumana – lo que durarán sus ilusiones, sus sueños, su amor inverosímil y febril como las noches más calurosas e insomnes de la canícula caribeña: toda la vida.